Resonancia Educativa

Este es el espacio donde exploro y comparto mis experiencias y reflexiones sobre el mundo de la música, la educación y la vida como estudiante. Aquí se encuentran pensamientos sobre la importancia de la música en el desarrollo humano, cuestiones pedagógicas, la relación entre emociones y música, y nuestra formación integral. A través de este espacio te invito a cuestionar, aprender y conectar de manera más auténtica con el arte de la música.


Desobedeciendo a mi oído

Cuando uno se dedica a la música, cree que más o menos sabe qué le parece “bello”. Ya tenemos nuestros compositores favoritos, nuestras playlists, las obras que usamos para llorar, para estudiar, para sentir que la vida tiene un orden raro pero lógico. Cargamos con la sensación de que nuestra sensibilidad estética es algo muy nuestro, casi como si hubiera venido de fábrica con el carácter, la estatura y el timbre de voz.

Antes de irme a estudiar fuera, mi mapa de belleza musical estaba muy bien acomodado, aunque yo no era consciente de eso. La voz en español era mi casa. Los giros melódicos de las canciones latinoamericanas me parecían la forma “natural” de cantar. La emoción directa, el agudo que se estira hasta casi romperse, la letra sobre amor, dolor, fiesta, nostalgia… todo eso formaba un universo que sentía propio. Y aunque pudiera analizar canciones, mi oído no vivía en la partitura, vivía en la cocina, en los camiones, en las fiestas, en la calle. Ahí se fue formando, sin que nadie me avisara, una especie de ley interna de esto es bello, esto es ruido, esto es relleno.

Yo lo vivía como algo espontáneo. “A mí me gusta esto, yo soy así.” Lo que no veía es la trampa, muchas veces “a mí me gusta esto” significa, en realidad, “esto es lo que mi contexto me enseñó a sentir como bello, profundo o valioso”. Luego llega el cambio de país. Y no hablo de un viaje turístico, sino de vivir en otro lado, estudiar ahí, hacer trámites, cansarte ahí, enfermarte ahí, compartir silencios y ruidos que no elegiste. De pronto cambian los sonidos básicos del día como la cadencia del idioma, la forma de reír, el volumen al que se habla, el tipo de silencio que se guarda. Y, con eso, cambia también el ecosistema musical que te rodea.

Empiezan a aparecer cantos que para las personas de ahí son “infancia” y para mí son misterio absoluto. Canciones que todos parecen conocer menos yo. Repertorios que ellos escuchan con lágrimas en los ojos, mientras yo sigo tratando de encontrar algún punto de apoyo emocional. Puedo reconocer que la música está bien construida, que hay oficio, que hay historia, pero no me “dice” nada. Se produce un desfase extraño, me doy cuenta de que mi sensibilidad estética no es tan universal como la sentía, es local, está pegada a un contexto.

Ahí empiezo a notar que la sensibilidad estética no es solo cuestión de gustos, sino de memoria encarnada. No es únicamente “me gusta tal compositor” o “me aburre tal estilo”. Son asociaciones afectivas construidas durante años, es el cuerpo recordando cómo ha bailado, jugado, rezado o llorado con ciertos sonidos alrededor. Es también una red de significados que nadie te explicó, pero que aprendiste, qué se considera solemne, qué es vulgar, qué es sagrado, qué es cursi, qué es para niños, qué es música seria. Todo eso está mezclado con clase social, idioma, barrio, familia, escuela.

Cuando me inserté en otra cultura, no solo cambié de repertorio. Entré en otra manera de relacionarse con el sonido y el silencio, con el cuerpo, con el tiempo, con la comunidad. Y mi sensibilidad estética empezó a temblar. Al principio, lo nuevo se sentía “exótico”, qué curioso este modo, qué interesante este ritmo, qué distinta suena su manera de cantar. Es la mirada turística de la estética esa fascinación distante. Pero después de un tiempo, lo extranjero deja de ser una rareza simpática y se empieza a filtrar al interior.

Llega una fase muy incómoda. Lo nuevo ya no es totalmente ajeno, pero tampoco cabe en las categorías viejas. La melodía que antes me sonaba plana ahora revela una delicadeza que no había escuchado. El coro que yo sentía “frío” comienza a mostrar una profundidad emocional que no depende del drama, sino de la precisión. La canción aparentemente simple está llena de pequeñas decisiones de fraseo, de acentos, de variaciones diminutas. Dejo de comparar todo con “lo mío” y empiezo a preguntarme qué sensibilidad necesito para entender por qué esta música es tan importante para ellos. Y, sobre todo, qué me falta a mí para sentirla desde dentro.

También descubro algo que no había pensado tanto y es que el entorno entero es un maestro silencioso. No solo las obras que analizamos en clase, sino las ceremonias, las fiestas, los conciertos, los rituales cotidianos. El tipo de silencio que se guarda, la manera de aplaudir (o no aplaudir), qué cosas se enseñan a los niños, qué se reserva para los expertos, todo eso comunica una pedagogía estética que no está en ningún programa oficial, pero actúa todo el tiempo. En otro país, quieras o no, te conviertes en alumno de esa pedagogía invisible. Empiezas a leer, poco a poco, por qué tal intervalo abre el pecho de la gente, por qué cierta danza conmueve sin necesidad de texto, por qué una forma coral austera puede cargar con una densidad espiritual que tú no sospechabas.

La idea de que la sensibilidad estética se puede moldear no significa que seamos plastilina barata. No llegas a otro país, pasas dos semanas y, mágicamente, te encanta todo. Hay un núcleo muy profundo que no desaparece como la lengua materna, las primeras canciones, los sonidos de la infancia, los ritos sonoros que te formaron. Ese núcleo reacciona con una intensidad especial a ciertas sonoridades y eso, en gran medida, se queda. Pero alrededor de ese núcleo hay una parte enorme que sí es plástica, que responde a las amistades nuevas, a los maestros, a los retos, a los conciertos que te sacuden, a las veces que te sientes extranjero y a las veces que te sientes inesperadamente en casa.

La inmersión cultural no solo suma gustos nuevos, también recoloca las jerarquías internas. Empieza la autocrítica, ¿Lo que yo llamaba “música compleja” era realmente complejidad o solo familiaridad con cierto lenguaje? ¿Lo que llamaba “profundo” era verdadera profundidad o intensidad emocional de corto plazo? ¿Lo que yo percibía como “simple” no será, más bien, un refinamiento distinto al que estoy acostumbrado? De pronto, mis viejas certezas se llenan de signos de pregunta.

En todo esto, el cuerpo tiene un papel que casi nunca se nombra lo suficiente. Cambiar de cultura también es cambiar de clima, de distancia física aceptable, de manera de usar el cuerpo al cantar o bailar, de gestos para expresar alegría, pudor, tristeza. La estética no pasa solo por los oídos, pasa por la postura, la respiración, las tensiones musculares. Hay músicas que exigen movimientos a los que uno no está habituado, y eso puede generar resistencia. También hay músicas que parecen no “mover” nada hasta que el cuerpo encuentra otra forma de estar desde la quietud, desde la atención concentrada, desde la respiración compartida. Cuando el cuerpo reaprende, la percepción de lo bello también cambia.

Y entonces pasa algo curioso cuando miras de regreso a tu propio país, incluso sin haber vuelto físicamente. La música de casa suena distinta. Detalles que antes ignorabas se vuelven clarísimos. Clichés que considerabas naturales se revelan como decisiones concretas. Cosas que tal vez despreciabas por “vulgares” o “demasiado sencillas” muestran una complejidad rítmica, poética o social que no habías querido ver. La sensibilidad estética se hace más crítica con lo propio, pero también más tierna. Menos ingenua, porque ahora puedes nombrar estructuras y patrones, pero más cuidadosa, porque entiendes que detrás de cada forma de belleza hay biografías, heridas, celebraciones y memoria colectiva.

Si además de estudiante eres educador musical, el golpe es doble. No puedes evitar preguntarte qué has estado transmitiendo, en la práctica, como “bello”. ¿He presentado algunos repertorios como superiores, no de forma explícita, pero sí con el tiempo que les dedico, con el lenguaje que uso, con la emoción que muestro? ¿He tratado la música de otras culturas, incluso de dentro de mi propio país, como adorno: algo que se saca en fechas especiales para “variar tantito”? ¿He conectado, sin querer, la idea de belleza musical con ciertos códigos de clase, de región, de escolaridad? Una vez que lo ves en ti, es muy difícil seguir enseñando igual.

Ahí aparece la responsabilidad de abrir el aula, no como vitrina folklórica, sino como espacio real de encuentro entre distintas formas de belleza. No para caer en el relativismo cómodo de “todo es igual”, sino para hacer explícito desde dónde estamos juzgando. Para que los alumnos entiendan que sus gustos no son menos válidos, pero tampoco están fuera de la historia. Que lo que sienten como “natural” también tiene detrás una pedagogía, una política, una geografía.

Después de vivir todo eso, la pregunta inicial ya no se responde con una frase corta. ¿La sensibilidad estética es fija o moldeable? No es fija como una piedra, pero tampoco se cambia como quien actualiza una app. Es un organismo vivo, tiene huesos, pero también músculos, cicatrices y zonas que siguen creciendo. La inmersión en nuevas culturas no borra lo que somos, pero sí mueve los cimientos desde donde creemos que sentimos. Nos obliga a admitir que nuestra idea de belleza es, al menos en parte, heredada, contextual, discutible.

Y quizá el mayor regalo de este tipo de viajes no es volver con un repertorio más amplio, sino con una sensibilidad un poco más humilde y más atenta. Alguien que ha dejado que lo extranjero le reordene el oído no solo escucha más música: escucha más capas en las personas, más matices en los silencios, más preguntas en sus propias certezas. La belleza deja de ser un territorio conquistado y se vuelve, otra vez, una pregunta abierta. Y esa incomodidad, extrañamente, también tiene algo de bella.



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