Cuando llegué aquí para aprender música en una cultura tan distinta a la mía, no imaginaba cuánto cambiaría mi forma de entender la autenticidad. Al inicio, mi intención era solo imitar el estilo, la técnica, ser lo más “correcto” posible en la interpretación. Pero pronto me encontré con una pregunta que no había previsto: ¿qué pasa con mi propio sello cultural en medio de todo esto? ¿Es posible sumergirse en una tradición musical ajena sin perder algo de mí mismo en el proceso?
Conforme avanzo en este aprendizaje, siento una dualidad constante. Porque por un lado, está la emoción de descubrir lo desconocido, de encontrar matices y sonidos que no forman parte de mi historia, pero que ahora trato de hacer propios y por otro lado, está esta incómoda pregunta: ¿me estoy convirtiendo en una imitación de ese estilo? ¿Dónde queda mi autenticidad en medio de esta búsqueda por adaptarme?
Aprender música significa habitar un espacio lleno de reglas y criterios de evaluación que, a veces, me resultan inamovibles, casi rígidos. Me doy cuenta de que esta forma de entender la música, tan ligada a su tradición europea específica, implica poder interiorizar en una sensibilidad que no proviene de mi contexto. Pero entonces surge otro dilema: ¿cuánto de mí mismo estoy dispuesto a ceder para alcanzar esa “fidelidad” interpretativa? Y aun en un nivel más profundo, ¿realmente pierdo algo, o simplemente transformo mi identidad musical en el proceso?
Hay días en los que me pregunto si realmente existe algo como una “auténtica” interpretación. Desde otro punto de vista, me doy cuenta de que cada encuentro con otra cultura es también una oportunidad de transformación. Entonces, si esta autenticidad que busco tanto no es en realidad una búsqueda constante, es un espacio intermedio en el que exploro quién soy a través de la música de otros. Quizás, en este diálogo de influencias, lo que se pierde no es mi identidad, sino una idea fija de ella, y lo que surge es una versión más amplia de mí mismo.
Parece que esta música, esta tradición que intento adoptar, no es algo fijo o inamovible. Miro hacia atrás y pienso en la misma historia de la música: una tradición que, aunque parece tan europea y estructurada, también se ha nutrido de influencias de lugares tan lejanos como América, Asia o África. Y si esa misma música es el resultado de siglos de encuentros culturales, ¿acaso yo no soy también parte de ese proceso vivo, aunque mis raíces vengan de otro lugar?
El sello cultural propio, reflexiono, no se borra tan fácilmente. De hecho, creo que permanece incluso cuando intento ser fiel a esta tradición ajena. He notado que, en mis interpretaciones, hay un algo —quizás en el fraseo, en la forma en que sostengo los silencios o en los acentos que pongo— que sigue siendo una expresión mía, única, probablemente influida por mi propio origen. Y cuando veo a mis compañeros de distintos países interpretar la misma obra, siento que cada uno aporta algo único, una versión distinta de lo que significa hacer música.

A veces me cuestiono si realmente se puede adoptar la música de otro lugar sin que nuestra propia identidad se vea alterada. Pero, en lugar de verlo como una pérdida, me pregunto si no será una oportunidad para ampliar mi definición de autenticidad. Tal vez, en lugar de ser algo que deba proteger o conservar intacto, la autenticidad podría ser un acto de reconciliación, un espacio en el que reconozco y aprecio mi propio sonido en una lengua musical extranjera.
No tengo claro si este proceso me llevará a una respuesta definitiva, y me pregunto si realmente necesito una. Quizás, lo único que busco es encontrar un modo en el que pueda, honestamente, dar vida a mi propia voz en un contexto musical diferente. Esta fusión de culturas, de sonidos y de perspectivas es, tal vez, la esencia misma de lo que significa ser músico en un mundo que, como la música misma, no deja de moverse y transformarse.
Deja un comentario