Recientemente, me topé con una publicación que pedía a las personas compartir los comentarios negativos que habían recibido de sus maestros de música. Las historias eran muy crudas: relatos de humillación, de palabras con total desaprobación, que abandonar la carrera era la única salida, mensajes que dejaban cicatrices profundas en el alma. Al leer esas historias, mi corazón se encogió. Es doloroso ponerte a pensar que en un arte tan sublime, que debería ser un puente de conexión y crecimiento, se utilicen las palabras como armas para destruir la confianza y la pasión de los jóvenes músicos.
Esas experiencias junto con las mías en el pasado fue lo que me llevó a reflexionar sobre lo que significa enseñar y aprender música. Y fue precisamente esa reflexión la que me impulsó a compartir las experiencias que vivo día a día en el Instituto Kodály. Aquí, la atmósfera es completamente distinta. No se trata de humillar, sino de inspirar; no se impone el miedo, sino que se cultiva el respeto, la colaboración y, sobre todo, el amor por la música. La diferencia si es abismal, y me ha hecho darme cuenta de que la enseñanza musical no tiene que ser una fuente de dolor, sino un espacio en el que se nutra el alma.
En el pasado he visto cómo en algunas aulas los maestros, en lugar de motivar, parecen enfocarse en corregir de manera brutal cada error, sin tener en cuenta que cada equivocación es también una oportunidad para aprender. La presión de cumplir con estándares inhumanamente altos ha convertido a muchos estudiantes en máquinas que repiten escalas y ejercicios sin poder atreverse a expresar lo que sienten. Me pregunto: ¿acaso la técnica, cuando se impone de forma tan severa, se transforma en un obstáculo en lugar de ser un puente? ¿Cómo podemos llegar a ser verdaderos músicos si estamos encadenados a un perfeccionismo que despoja de humanidad cada nota?
Mi experiencia en el Instituto Kodály ha sido un bálsamo para estas inquietudes. No es ningún secreto que me la pase llorando el primer mes, dándome cuenta que este también es un espacio para sanar todas las heridas que muchos traemos. Aquí, he aprendido que la música es, ante todo, un diálogo. Las clases se transforman en espacios en los que no solo se transmiten técnicas o repertorios, sino también emociones, historias y visiones. Cada lección es una invitación a explorar el significado detrás de cada compás, a descubrir que la música tiene una vida propia, que se construye a través de la interacción y el respeto mutuo entre maestros y estudiantes. La enseñanza no se basa únicamente en corregir errores, sino en entender que cada fallo es una oportunidad para crecer, para descubrir un matiz nuevo, una forma diferente de conectar con la obra.
En contraste con algunas de las historias que he leído, donde el maestro se convierte en un juez implacable que utiliza palabras como «inútil» o «fracaso», aquí he encontrado un ambiente en el que se valora el proceso y la expresión individual. Claro, la exigencia técnica sigue muy presente, pero se equilibra con la sensibilidad y el reconocimiento de que la música se vive con el corazón. Recuerdo un día, donde en una clase, mi maestra, en lugar de señalar mis errores de manera despectiva, me pidió que me detuviera y escuchara la emoción detrás de la melodía. Fue un momento revelador: comprendí que la verdadera maestría no consiste en eliminar cada error, sino en saber transformarlo en parte de la historia que estamos contando con nuestro instrumento. He aprendido que la música se construye desde adentro, desde la autenticidad, y que cada estudiante tiene su propia voz única, una que no debe ser apagada por críticas desmedidas.
Esta experiencia me llevó a cuestionar la narrativa dominante en ciertos entornos de la educación musical en México. ¿Por qué se permite que la violencia verbal y psicológica se disfrace de “disciplina”? ¿Acaso la autoridad del maestro no debería usarse para elevar, inspirar y guiar, en lugar de reprimir y humillar? La contradicción es muy dolorosa: mientras algunos sistemas se centran en el perfeccionismo técnico a costa del bienestar emocional, yo he aprendido que la música tiene un valor que trasciende la mera ejecución de notas perfectas. Se trata de una experiencia que une corazones y que, cuando se vive en un ambiente de respeto y cariño, puede transformar vidas.
Es en ese contraste entre lo que he leído y lo que vivo donde surge la verdadera reflexión. La experiencia negativa de algunos estudiantes en México, entre ellas la mía, marcada por comentarios desalentadores y una rigidez que limita la creatividad, me hace valorar aún más la oportunidad de aprender en un entorno en el que se respira empatía y se fomenta el crecimiento personal. Creo firmemente que la música debe ser un arte liberador, un medio para expresar lo que llevamos dentro, no una prisión donde cada error se castiga sin miramientos.
Aun cuando reconozco que la técnica es fundamental, es imperativo recordar que no es un fin en sí misma, sino un camino para llegar a algo más profundo. La verdadera interpretación surge cuando el músico se atreve a sentir, a mostrar su vulnerabilidad y a conectar con su audiencia. Cada vez que toco, intento recordar que la música es un lenguaje que habla al corazón, y que mi labor como estudiante es aprender a traducir mis emociones en sonidos que puedan tocar a otros. Esa es la esencia de lo que significa enseñar para la audiencia, pero también de lo que significa vivir la música con autenticidad.
Por supuesto, no se puede negar que hay áreas en las que la educación musical en México enfrenta serios desafíos. La rigidez de algunos sistemas de enseñanza han contribuido a que muchos estudiantes sientan que la música se les impone en lugar de inspirarles. Sin embargo, mi experiencia aquí me ha mostrado que hay otra forma de hacerlo, una que no se basa en el miedo o en la humillación, sino en el respeto mutuo y en el deseo de crecer juntos.
Al final, lo que me impulsa es la convicción de que la música es una herramienta para transformar, para unir y para sanar. No quiero ver a mis compañeros ni a las futuras generaciones atrapados en un ciclo de críticas y de expectativas inalcanzables. Quiero creer que hay espacio para un cambio, que se puede repensar la relación entre el maestro y el alumno, y que la verdadera enseñanza musical es aquella que abraza tanto la técnica como la emoción, sin sacrificar la esencia de quien la vive.
Esta reflexión me lleva a cuestionar y a desafiar la narrativa establecida. ¿Acaso no es momento de reimaginar la educación musical en México? ¿De crear espacios donde el talento se nutra en un ambiente de respeto y libertad, y no en uno marcado por la humillación? La música debe ser, en su forma más pura, una celebración de la humanidad, un diálogo entre almas, y no un campo de batalla donde se castiga el error. Y aunque a veces la crítica sea inevitable, es nuestro deber, como estudiantes y amantes de la música, continuar luchando por un sistema que valore cada nota y cada silencio como parte de una experiencia transformadora.
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